jueves, 5 de diciembre de 2013
Eran 02:47 a.m cuando me desperté aturdido.
Nuevamente volví a soñar con ella. Pero esta vez no fue como las otras veces, aquellas en las que te presentabas en mi mente como un recuerdo, un recuerdo etéreo y celestial, producto de la extracción de fragmentos de memorias sacadas de algún rincón de mi cabeza.
Esta vez estaba ahí, realmente estabas ahí.
Hablabas lejana, vaporosa. Parecía que te habías escapado de alguna parte para venir a verme. Me buscaste. Y ahí estaba yo, tan solo una recopilación de todas las imágenes grabadas en mi cerebro, enfrente de tu silueta borrosa.
Eras vos, lo sabía.
A lo lejos, tu risa.
Me hablabas, pero por alguna razón no quería escucharte. Corría. Corría con todas mis fuerzas. Sentía miedo, un miedo profundo a volver a encontrarme con lo que hace tiempo atrás me había salvado y hoy era mi perdición.
De pronto, su voz se volvió nítida:
-Me reí cuando te fuiste -me dijo en tono de burla.
Yo, estaba desconcertado.
-Sabía que no ibas a poder borrarme tan fácilmente de tu vida. Ah...y deja de intentar suplantarme -ahora se escuchaba melancolía en lo que decía. Una melancolía que dejaba entreveer temor. Temor a ser olvidada.
Hizo una pausa, tomó aire y desapareció todo indicio de vulnerabilidad en sus palabras.
Calma y firme me dijo: quiero que en tus noches vacías, mientras ella te mira, mi recuerdo en sus ojos no te deje dormir.
Y así como así, todo se desvaneció en el aire.
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